lunes, 1 de marzo de 2010

La Jauría Humana

Bajo este título, tomado de la magnífica película de Arthur Penn (basada en la historia prestada del libro de Horton Foote) me propongo comentar algunos puntos del comportamiento humano, cuando se agrupa en un conjunto de seres de la misma especie.

Ese grupo, manada, banda, panda, o en sus más bajas cotas de miseria humana, tuna, se compone de una serie de individuos que, partiendo de un rol propio de cada uno, forman un todo.

Una panda siempre se va a componer de un único macho o hembra Alfa, líder de la manada, que lo es de forma total, o que puede delegar puntualmente su poder en otro macho especializado. Por ejemplo, el macho Alfa decide que el grupo vaya a un bar, pero delega en el macho Beta “armario ropero” para que se haga hueco a la hora de pedir las copas en la barra.

Existe por tanto, un único macho Alfa por grupo, pero, en cambio, puede haber más de un macho Beta o Gamma. El rol del macho Beta suele ser especializado. Existirán tantos machos Beta como necesidades tenga el grupo. Necesidades permanentes, se entiende.

Cuando un macho Beta “buena persona” le propone a un macho Alfa traer a algún amigo (amigo es el apodo cariñoso, normalmente suele ser un familiar, primo, vecino, alguien que te deja los apuntes, etc.), el invitado toma el rol permanente de macho Gamma.

Así como el rol de macho Beta es una especialización, y es usado de forma puntual y transitoria para momentos de crisis (el macho que más bebe, el que mejor golpea, el mejor jugador de cartas), el macho Gamma tiene un rol de título que le define. En la jerarquía de poder, siempre es el tercero, y esa posición no la va a cambiar, a no ser que monte su propio grupo o que alguien de superior categoría se muera.

Sigamos. Si por ejemplo el grupo quiere tomar una mariscada, el macho Alfa lo propondrá. Alguien podrá decir que tiene un contacto en una pescadería. Y ese contacto, será invitado a formar parte (de forma temporal) del grupo. Vamos, hasta que se acabe el marisco. Pues bien, ese macho, actor secundario, por supuesto que no es Alfa, ni Beta, ni tampoco Gamma, es un macho Omega.

El hecho en sí, está basado en una historia real. Este macho Omega fue integrado a posteriori (por recomendación del macho Beta “buena persona”) en el grupo hasta que… Tiró cuatro veces, en una misma noche de borrachera, el árbol de Navidad de otro macho Beta “paciencia”. Aprovechando la nocturnidad y la alevosía, acabó durmiendo en el coche, del macho Alfa, y también fue sacado por la fuerza de dichas dependencias.

Otro ejemplo claro: conozco a una amiga que son diecisiete de familia y hace una paella de muerte. Ese sería el planteamiento del problema remitido por algún miembro del grupo al macho Alfa. La solución propuesta sería de invitar a la susodicha hembra (Omega) y montar una comilona de diecisiete personas para que se alicaten la paella.

Para hablar del macho Omega y su correspondencia con el “bat factor”, paso a explicar el comportamiento del grupo cuando interactúa con otros grupos.

En principio, no tiene por qué haber rivalidad entre grupos. Cuando dos o más grupos se fusionan, se elige un único macho Alfa, pasando a ser el resto de los líderes machos Betas o Gamma. Con la misma cordialidad que se unen, se separan, y muestran signos de hermanamiento tipo abrazos, besos, incluso entre hombres, y demás afectos.

En el campo de batalla, la cosa es bien distinta. Cuando pinta en bastos, y se fragua una pelea conviene tener algo de organización. Una lluvia de hostias como arma de destrucción masiva puede estar bien, pero tiene que ser coordinada. El grupo tiene que actuar con cierta estrategia, y no atacar de uno en uno, como en las películas.

La realidad es mucho más cruda y tozuda. Rey Arturo, gracias a Dios, sólo hubo uno. Que mucha tabla redonda, mucho honor, mucho caballero, y mucha pompa y circunstancia, pero Lancelot se calzó a Ginebra cual zapatilla a la primera de cambio.

Siguiendo con la realidad, hubo un grupo, formado por siete amigos, que, heridos (por los efectos del alcohol) no supieron organizarse para “anular” a cierto ser despreciable que les estaba dando la noche. No hubo pelea de gallos, sino insultos de gallinas. Pero bueno, por eso no conviene beber, porque Nuestra Señora del Habana Club toma el control, y así, es difícil hacer algo digno y medianamente en condiciones.

La pelea suele comenzar con el macho Beta “Astaroth Soul Calibur” o en su defecto, con un macho Gamma. Nunca el macho Alfa, ya que suele ser el estratega del grupo. Si quiere que la cosa sea rápida, utilizará a un macho Beta “golpea hasta que no se levante”. Si prefiere prolongar la diversión o hacer a todos partícipes, utilizará a un macho Gamma (tipo “juguete” o “cantimplora”).

En el ámbito laboral, el macho Alfa del grupo tiene que ser necesariamente su jefe. Si no es así, es cuando se monta el lío. Si el macho Alfa es el líder sindical, por ejemplo, y no es el que tiene mando en plaza, el grupo estará condenado al fracaso. Ese líder, antepondrá sus peticiones sindicales a las profesionales, que por otra parte son para las que se montó el grupo. Algo de inteligencia emocional nunca está de más.

Si un grupo se fija en otro para ligar, la iniciativa, casi siempre, la suele tomar el macho Alfa, que (avisado quizá por un macho Beta “salido”) envía a un mensajero (u otro macho Beta “cara bonita”, “labia irresistible”, o similar) a inspeccionar el terreno.

Los grupos para ligar suelen ser más reducidos. Si son machos, suele ser un Alfa, y uno o dos Betas, raramente un Gamma, que puede estar de forma accidental. Si participa un Omega, será por filantropía. Si el grupo está formado por hembras, la cosa cambia. Todo bombón tiene una amiga que es una bombona. Y siguiendo con esta máxima, el grupo estará formado por una hembra Alfa y una Beta “simpática” que, como todo el mundo sabe, en realidad es una Omega fea de dolor. Mi santa madre salía con amigas feas para tener más éxito. Y si mi santa madre lo hacía, sus motivos tendría.

Siempre se respeta la jerarquía (bueno, no siempre, depende el Enorme tamaño de la atracción sexual, y no hace falta que sea más explícito). Si un macho Gamma echa el ojo a una hembra Beta “tremenda”, la solución de la ecuación, cuántica, diría yo, es imposible. Pues la hembra Beta “no soy tu tipo, no soy hinchable” multiplicará por cero al macho Gamma, y preferirá que otro macho Beta “mi cociente intelectual es negativo” o incluso un macho Alfa en horas bajas, riegue su jardín.

Así como en el campo de batalla, el macho o la hembra Omega suelen estar totalmente involucrados con el grupo, en términos de ligoteo, el comportamiento varía según el sexo de cada cual.

Partamos de la base que, es prácticamente imposible que un macho Omega o una hembra Omega “pille cacho” antes de las cuatro de la madrugada, no siendo crueles. Por tanto, es importantísimo para la buena higiene mental del grupo, tener ocupados a sus miembros Omegas hasta prácticamente, la vuelta a casa.

Un macho Omega ocioso no hace daño a nadie. Por defecto, se encarga de cuidar los abrigos, o de supervisar posibles amenazas mientras el resto de la manada se divierte. Es buena persona, en el sentido peyorativo de la palabra. Cuando se aburre, se encierra en sus grandes preguntas metafísicas tipo ¿Superman es demócrata o republicano? O, en la inmensa mayoría de las ocasiones, acaba pegado a la barra del bar bebiendo con otros machos Omegas y ojeando a las camareras.

Una hembra Omega puede ser el aborto, con perdón, de la misión. Una hembra Omega es, por extensión, el “bat factor”. Es, para el que no lo sepa, la amiga agua fiestas de la hembra Beta “estoy como un queso”. Es aquella que en plena balada, se acerca a su amiga y la dice:
-Vámonos, que me aburro.

Para que esto no ocurra, existen varias soluciones. Quizás la más socorrida es utilizar a un macho Omega para que la entretenga. El macho Omega es como la vaca flaca que sacrifica el vaquero para que se la coman las pirañas del río mientras el resto de la manada lo cruza tranquilamente. Dado que el sacrificio es una labor loable en desuso, pueden usarse todo tipo de artimañas para convencerle de semejante misión. Desde que con las feas tardas más en llegar al orgasmo, hasta incluso nombrarle macho Beta “zoófilo”.

Por último, recordar que el grupo formado podrá crecer o menguar en función de lo capaces que sean sus machos y hembras de anteponer sus intereses personales a los generales. Sólo puede quedar uno es una frase que se repite con demasiada frecuencia.

“Los amigos entran y salen de tu vida como los camareros entran y salen de un bar.”

lunes, 1 de febrero de 2010

Las aves migratorias o Migraña

Hace unos días, fui al cine con mi novia. La estuve esperando mientras ella entraba en el servicio. Justo cuando salía, la miré, y ella, me devolvió la mirada. Me miró con esos ojazos que tiene que son capaces de parar una guerra o de iniciarla. Me sentí el hombre más afortunado del mundo (suponiendo que Hugh Hefner no lo sea). Estaba tan feliz, y fue tal la emoción, que sufrí una migraña. Siendo la migraña un episodio desagradable, su inicio, no tiene por qué estar relacionado con algo triste. Fue precisamente ese estrés emocional positivo el desencadenante.

Tengo migrañas desde que cumplí los dieciséis años, aproximadamente. Quizás las tuve antes, y no fui consciente de ellas, pero recuerdo la primera vez como si hubiesen pasado veintiséis años (que por otra parte, han pasado).

Sentí un bloqueo mental, una pérdida total de conexión con el exterior. Intentaba comunicarme, pero no podía. Fue una sensación bastante desagradable. Mi madre me llevó a urgencias. Bueno, mi madre y otros dos hombres más, porque con esa edad, ya medía yo lo que medía…

Del médico de urgencias, pasé al médico de cabecera, y de éste, al psicólogo. Su diagnóstico no fue nada del otro jueves: necesitaba desfogarme, liberar tensión y tener amigos. Y aunque ese episodio de bloqueo no desencadenó una migraña, si es cierto que, posteriormente, cuando me han dado migrañas, he notado un “bloqueo mental” parecido.

La mayor parte de las veces, no suelo detectar cuándo voy a tener una migraña. Nunca tiene un desencadenante común. Casi todas las migrañas que tengo son por estrés, pero también he tenido migrañas por un susto, por la presión atmosférica, por una gripe de órdago, etc.

Es una crisis sin retorno, irreversible. Una vez que empieza, no se puede parar. Por mucho que intente relajarme, respirar hondo, cerrar los ojos, no consigo parar el proceso.

Cuando vas al médico, y dices que tienes migrañas, te sueltan los típicos chascarrillos de ¿Fumas? No. ¿Bebes? Poco, ¿Estrés? Si. Pues no tengas estrés. Claro, me voy al campo a cultivar tomates, no te jode. Los médicos han conseguido relacionar mis migrañas con el café, con el chocolate, con la coliflor, con la alergia… He tenido casi tantas interpretaciones como neurólogos he visitado.

Me han recetado diversas pastillas: analgésicos, que me suelen dar buen resultado. Antiinflamatorios, relajantes musculares o Triptanos. Pero no me gusta abusar de las “pirulas”, porque en mi caso, como mejor paso la crisis es metiéndome en la cama, con la luz apagada, y con un trapo frío en la frente.

También me han hecho electroencefalogramas, resonancias, scaneres y una larga lista de pruebas, que por otra parte, no me han detectado ninguna lesión cerebral. Nunca está de más hacer este tipo de comprobaciones porque en algunas ocasiones, las migrañas se producen por este motivo.

Cuando me hicieron el reconocimiento médico del Servicio Militar, lo alegué. Dije que sufría de migrañas. Es más, llevé un informe médico que así lo afirmaba. La respuesta fue acorde con dicho poder fáctico: Te tomas una aspirina (que por otra parte, las aspirinas militares son tan fuertes que te curan hasta la calvicie).

Pues eso, que tengo una migraña, y punto. En algunas ocasiones, he notado cierta euforia previa, o la típica fotosensibilidad, pero el punto de partida siempre es el mismo: “flashazo” en una parte del campo visual, que persiste durante una media hora, más o menos. Es como si alguien con una cámara con flash incorporado (del tamaño de Ucrania) te hiciese una foto a menos de un centímetro de tu nariz. He aquí la famosa aura, que dicen que se produce por la contracción de los vasos sanguíneos del cerebro o, incluso del cuero cabelludo.

Cuando después de un rato consigo volver a mirar (porque mientras, veo, pero no miro, por decirlo de alguna forma entendible) transcurre un tiempo previo, que pienso: esta vez no me va a doler la cabeza, bueno, a lo mejor me duele, pero me dolerá poco, el “flashazo” ha sido suave.

Y entonces, comienza el dolor de cabeza. En mi caso, en el lado derecho. Siempre es en la sien, del lado derecho. El dolor es intenso y permanente. Comparar un dolor de cabeza con una migraña es como comparar un pis con las cataratas del Niáraga.

Es un dolor tremendo, casi rozando la lesión. Tienes la sensación de que te han arrancado un trozo de cráneo y que por tus venas, del tamaño de un macarrón, están metiendo el caudal del Estrecho de Gibraltar. Que conste que estoy siendo poco exagerado, pero una migraña puede ser tan fuerte y de tal intensidad que puede llegar a ocasionar un infarto cerebral.

Los primeros años que me daban migrañas, no sabia a ciencia cierta lo que eran. Como me solían dar cuando practicaba algún deporte (principalmente baloncesto, o kárate) pensaba que eran cortes de digestión.

Algunas veces he llegado a vomitar, otras incluso me he mareado, pero el dolor en sí, me suele durar un par de días, nunca más. Al día siguiente, cuando todo ha pasado, persiste la resaca: no hay nada como toser o estornudar, para que te vuelva a retumbar la cabeza y recordar “joder, ayer, tuve una migraña”. Bonito y doloroso final.

Yo no suelo tener migrañas con facilidad. Suelo tener una de estas crisis cada seis meses. Dicen, y se está cumpliendo, que, con el paso de los años, tienden a remitir. En alguna ocasión, he tenido varias seguidas, en el intervalo de pocos días o incluso horas, pero aunque el dolor me invalida para cualquier actividad, conozco casos en los que las crisis suelen durar semanas.

Es curiosa la sensación que tengo cuando estoy con una migraña. Es un sentimiento de derrota, que en realidad, es lo que es. Es como si el cuerpo (la parte física) ganase al cerebro (la parte psíquica) y ante una situación que no controla, que bloquea, toma el control, rompe con todo, produciendo una migraña.

Ese sentimiento de abatimiento, empeora más si cabe la crisis. Alguna vez lo he superado de forma más o menos racional, en general, suelo estar intratable. Como para no estarlo.

Muero porque no muero, frase célebre de Santa Teresa de Ávila, que también tuvo migrañas, y que, posiblemente, fue la mejor forma que tuvo de manifestar semejante dolor.

Nota: Ave migratoria es el nombre que dio a la Migraña un jefe que tuve en cierta ocasión.

martes, 12 de enero de 2010

La Cabronada

Si uno sólo pudiese escribir o hablar de lo que sabe, la humanidad le estaría agradecida y ese uno permanecería en silencio cual meretriz. Pero como no es mi caso, voy a escribir sobre lo que vivo. Y lo que vivo, es una enorme tradición gastronómica e italiana que he sentido gracias a mis dos padres (hago saber, que me refiero sin duda a mi madre y mi padre, pues en 1964, que fue cuando se casaron, en España, parejas de hombres, solo existían en la Guardia Civil).

Ambos dos, mi madre y mi padre, valga la redundancia, suman casi un siglo de experiencia en fogones italianos, y yo, no sólo he tenido la oportunidad de aprender algo de ellos, sino que además, he intentado conservar y publicar todo su enorme legado.

Hablar de mi padre (napolitano) es hablar de un cocinero italiano a la antigua usanza, alguien que vivía de forma visceral (hoy en día sería un intransigente) su profesión. Capaz de dar de comer a doscientas personas con una precisión casi industrial y al que tenían que sujetar (literalmente) cuando se enteraba que un cliente había echado ketchup en unos espaguetis a la carbonara. Un sacrilegio para la cocina entendida como religión.

Hablar de mi madre (española) es hablar de una cocinera italiana con carácter, en un mundo de hombres, y con un enorme corazón que pone en todo lo que hace. He sido testigo de cómo un cliente se emocionaba, literalmente, al probar uno de sus platos. Como en la película Ratatouille (pisto francés), pero de verdad. Ese es su auténtico mérito, ni estrellas, ni soles, ni otro tipo de mediciones.

Después de estos antecedentes, creo que tengo la suficiente autoridad como para hablar con conocimiento de causa, de uno de los platos estrella, más conocido y más versionado, de la cocina italiana: los spaghettis a la carbonara.

Este plato es originario del centro de Italia, más concretamente, Roma. Y aunque hay varias versiones sobre su nacimiento, me quedo con dos posibles. La primera, que los carboneros que llevaban carbón a la capital, comían los spaghettis mezclados accidentalmente con la “pimienta negra” que trasportaban. Y la segunda, que un restaurante llamado “Carbonara” hizo un plato de spaghettis con los ingredientes más americanos posibles, en agradecimiento a los Estados Unidos que, después de la Segunda Guerra Mundial, llegó a tener diecinueve bases militares en territorio italiano.

Así como en España existen tantos entrenadores de la Selección Nacional de Fútbol como habitantes, en Italia, la mejor cocinera del mundo es la madre, su señora madre, de cada uno de ellos, los italianos. Nadie cocina mejor que la “mamma mia”. Y ese dogma, esa creencia, ese mandamiento, se usa en la cocina hasta rozar el más absoluto fanatismo.

El carbonara fiel se hace con fideos largos, con spaghettis, fettuccini, rigatoni o bucatini. Los más puristas consideran un auténtico sacrilegio hacer esta receta con otro tipo de pasta. Nunca jamás se corta la pasta (otro motivo de disputa). Si no sabes enroscar, pide penne rigate (pluma rizada, malpensados).

Pero empecemos por el principio: la cocción. La pasta tiene que comerse al dente (al diente), aunque para gustos, los colores. Es como la “carne al punto”. Cada uno tiene su punto, y es muy difícil conseguir exactamente ese resultado para cada persona. Yo, cuando voy a un restaurante y pido carne, la pido “al punto del cocinero”, que es con la precisión con la que realmente me van a servir.

En España, comemos la pasta más bien pasada, como la verdura. Y los cocineros patrios, que han sido conscientes de semejante error, suelen cocinar menos… El pescado, jojojo.

Los spaghettis suelen cocerse una media de ocho minutos. Mi padre decía que la pasta estaba cocida cuando hablaba (poniendo la cantidad exacta de agua que necesitaba, cuando hacía glup, glup). Podríamos hablar de otros factores que intervienen en la cocción, como puede ser el tipo de pasta (integral, normal, genérica, etc…), la altitud, el tipo de agua, las prisas, el grado de alcohol del cocinero, etc… Pero siendo concretos, y no químicos, cuando el agua (a la que habremos incorporado sal, nada más) comience a hervir, se le incorpora la pasta.

La pasta tiene que estar recién hervida para una correcta resolución de la receta, pues, parte del truco reside en que el propio calor que conserva hará que se terminen de cocinar el resto de los ingredientes.

En cuanto a las cantidades de pasta por persona, la recomendación de 60 u 80 gramos (sin cocer) por ración es orientativa. Si tenemos en cuenta que se puede comer como plato único, podríamos elevar esa cantidad hasta los 100 gramos. He sido testigo de concursos de comedores de spaghettis donde el campeón se comió hasta seis kilos de pasta (cocida), pero eso es, otra historia.

El ingrediente estrella de este plato es el tocino de mejilla de cerdo (en italiano, guanciale), panceta, que no bacón. Opcionalmente se le puede poner cebolla, por eso del sofrito, pero si de ahorrar dinero se trata, mejor Jamón York como ingrediente adicional, que además, abulta más en el plato.

Se fríe en una sartén el cerdo, con perdón. Una vez que la panceta esté hecha, se incorpora la pasta y se rehoga. Se añade pimienta al gusto.

En cuanto a la crema que lleva la receta, también tiene diferentes versiones. La original se hace con huevo batido y queso pecorino romano (queso curado de oveja), pero versiones más modernas hacen la crema con mantequilla, nata, y queso parmesano (originario del Norte de Italia).

La crema sirve sobre todo para “ligar” la pasta con la salsa. Es curioso observar cómo en otras salsas de pasta que no llevan crema, terminas comiendo primero la pasta y después la salsa. Dos platos por el precio de uno.

Como punto final, se mezcla la pasta y la panceta con la crema, eso si, retirada del fuego, ya que con el calor latente de la misma se termina de cocinar. Se sirve añadiendo un poco más de queso rallado, al gusto.

Para terminar detallo, para mayor claridad, las dos recetas:

Carbonara Clásica
Ingredientes (para 4 personas)
Spaghetti (320 gramos).
2 lonchas grandes (de medio centímetro de grosor) de tocino de mejilla de cerdo.
2 huevos.
Aceite extra virgen de oliva.
Queso curado de oveja.
Sal y pimienta negra en granos, que se muele en el momento.

Elaboración:
Mientras que hierve el agua para la pasta, en una sartén se cuece con fuego bajísimo el tocino en un poco de aceite de oliva. Tiene que fundirse, no freírse o dorarse, y el aceite tiene que ser escaso porque el tocino suelta bastante grasa.

Mientras se bate el huevo, como si hubiera que hacer una tortilla, se mezcla con el queso de oveja rallado como polvo.

Se cuela la pasta (al dente, como siempre), y se mezcla con el sofrito en la misma sartén). Se apaga el fuego, y se echa el huevo batido. El huevo no tiene que cocer, tiene que espesarse apenas con el calor mismo de la pasta, pero quedándose fluido.

Después se sirve en los platos rápidamente, para que se quede caliente. Se le echa por encima una generosa cantidad de pimienta negra rallada en el momento (es importante el sabor de la pimienta).

Carbonara Moderna
Ingredientes (para 4 personas):
Spaghetti (320 gramos)
200 grs. de jamón york en lonchas gruesas.
200 grs. de bacón.
200 ml. de nata liquida.
90 grs. de queso parmesano.
3 cucharadas de mantequilla.
3 yemas de huevo.
Sal y pimienta.

Elaboración:
En una cazuela con agua y con una pizca de sal, se ponen a cocer los spaghettis durante aproximadamente ocho minutos.

Cortamos el bacón y el jamón york en tacos alargados de medio centímetro. Se fríen en una sartén con la mantequilla.

Cuando el bacón esté ligeramente dorado, se retira la grasa sobrante sin dejarlo totalmente seco, y se le añade la nata, las yemas de huevo, medio paquete de queso parmesano y se salpimienta al gusto.

En el momento que la salsa resultante comience a hervir, se le añaden los spaghettis, y se rehogan para que se liguen.

Si quedan demasiado secos, se puede corregir con un poco de leche.

Se sirven añadiendo el resto del queso en cada plato.

viernes, 11 de diciembre de 2009

De cómo la cópula primigenia pasó a ser el Amor carnal, nacido en la Edad Media y situado geográficamente en la Provenza gala

Y heme aquí, nuevamente, frente a mi cuaderno de bitácora. Y en blanco yo me hallo como ello. Retomado he la escritura, con una nueva entrada, pero, en mi afán de situarme en el punto donde dejélo, unos cuantos siglos hacia atrás me he desplazado.

Lejos de parecer algo que ya soy, pedante, intentaré con estas palabras aportar más luz que tinieblas sobre el tema tratado en cuestión. Y si de Amor he de hablaros, deciros también que, como el microondas, invento es, y que no se remonta a la noche de los tiempos, como parecer quisiera.

Mi paseo por semejante estudio, no me hace evitar la Prehistoria, donde 200.000 A.C. nuestros ancestros copulaban sin mas y sin menos, ya que, como todavía no existía la Historia, aquella (hembra señalo) no le venía a éste (macho indico) con historias.

Ni omitir tampoco las múltiples y variadas referencias copulatorias que existen en la mitología griega y por intertextualización, en la romana, donde, más que dioses como ejemplo a seguir, protagonistas de telenovela parecen dichas deidades.

Y el Amor como sentido introdújolo (en el planeta Tierra, dónde, si no?) aquel conocido como Jesús de Nazaret. Y fue gracias a él, y al cristianismo monoteísta, como dióse a conocer, fe sembró entre hombres libres del yugo esclavo y del lupanar politeísta, que montado tenía el Imperio.

Paróme ahora en las jarchas, demostraciones poéticas de Amor cristiano, de una hermana para con sus hermanos, o de un hermano para con sus padres, en el ejemplo, del siglo XI ya hablo.

Y al hablar del siglo XI, con las Cruzadas hemos topado. Y contra los turcos selyúcidas y sarracenos, nos, Occidente, hubimos guerreado. Y en aquellas guerras, por Papa, y por Dios, hubimos matado. Y al infiel, o muerto, o converso, matarile hubimos dado.

Y aquellos que nombrados fueron con el juramento "Yo te hago caballero en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, de San Miguel y de San Jorge. Sé valiente, destemido y leal", sus armas, que a servicio de Dios pusieron, en tiempos ociosos, al servicio de una dama, prostituyeron. Fue así como el Amor a mi Dios, sentido religioso, se tradujo en mi Amor a una Dama, a mi Amada, sentimiento terrenal.

Existió pues Amor entre semejantes, y la cópula sin más, física, tuvo su ampliación química en el Amor. El Amor es como el tiramisú y el sexo es como el Amaretto que contiene.

Y aunque costado me ha situar el momento exacto del nacimiento del Amor, fue Antoine de Antibes, por ejemplo, quien, con los hechos que a continuación relato, sembró el germen que posteriormente se convertiría en trigo.

Hallábase el susodicho (Antoine, Antuan, tuno, inoportuno, por interrumpir a sus padres en la cópula, último de sus hermanos) dedicado a la vida contemplativa, ociosa, aunque metafísica, pero sin argumentario para evitar el castigo por mendicidad. Paseando por la orilla del río, vióse reflejado, y aprovechó el momento entonces para acicalar su media melena, pero interrumpido fue por unas ondas hechas en el agua. Incorporándose (vamos, que se levantó) para seguir el recorrido de la onda, que oídos y vista le indicaban, vio a una joven sirvienta, que sus ropas lavaba en la orilla. Y al mismo tiempo que jabón restregaba sobre las mismas, sus pechos el ritmo marcaban en su abierto escote. Tal calor sintió el susodicho en sus juglares mallas, que a aliviar semejante incendio pronto fue.

Sofocándose estaba, practicando su Amor propio, para que nos entendamos, de forma reflexiva, sobre sí mismo, cuando unos follajes movió y ruido provocó, de forma, evidentemente, rítmica. Asomóse una doncella (vestal, suponemos) a la ventana, al oír semejante estruendo.

Ventana es de suponer que de un castillo fuera, pues, chalets adosados, en este tiempo, aún no existían. Sigo pues con el relato, aunque paréntesis en este párrafo hago.

- Quién anda ahí? –Preguntó arisca la doncella.
- Soy yo. –Dijo Antoine, como si todo el mundo tuviera que conocerle.
- Quién es aquel que con semejante ritmo el follaje mueve y turba mi existencia?
- El mismo que más turbado se halla por el ritmo de aquella sirvienta.
- Aunque construida bien ha sido tu respuesta, no te entiendo, pareces víctima de la LOGSE española y futura.

Para salir del paso, el de Antibes, las mallas se subió, y, vibrando sus cuerdas vocales como si de una bandurria se tratase, el sonido del instrumento de cuerda imitó.

- Cantáis, sois juglar? Sopero que moráis en el follaje –Prosiguió la doncella, que aunque nombre tenía, no es relevante para esta entrada (en el cuaderno de bitácora).
- Introducción estoy haciendo, con unas notas musicales…
- No estoy yo acostumbrada a este tipo de… introducciones.

Dicho y hecho, aquella que tanto le parloteaba, en musa de su inspiración se convirtió, y con cierto desatino, Antoine, compúsola esta canción:
- Mocita dame el clavel, dame el clavel de tu boca…

Supuso su atrevimiento, que, a partir de entonces, la simple cópula, en Amor completo se transformó. Sobre todo cuando de imposibles se trataba, pues, estando todo el mundo de acuerdo, el Amor, en matrimonio se transformaba, y entonces, de otra entrada (a lo mismo que antes apunté, me refiero), se trataba y se hablaba.

Quiso el tiempo que los amores más queridos, fuesen los más reñidos (agresiones físicas jamás referencio y siempre penalizo), los de comienzo difícil y de final fácil. Aquellos de “comieron perdices”. Nadie habló nunca del día siguiente, de cuando el príncipe se marchaba a trabajar o la princesa se ponía a limpiar el castillo. Puede que al revés ocurriese, puede que así tuviésemos que intentarlo, pues, no olvidemos que, tanto el hombre, como la mujer, personas ambos son dos, subordinadas al Amor.

El Amor pues, invento medieval es, no se si fue de esta o de aquella manera, mi imaginación, a estas alturas, para más no da, de momento. Pero deciros he, que, divertido me he con el relato.

Si no luz, risas o sonrisas espero haberos dado, y un buen rato hayáis pasado.

lunes, 23 de junio de 2008

Amores de Película

Querido lector, el texto que viene a continuación es un Spoiler, aguafiestas o adelanto, desvela de forma explícita el argumento de algunas de las mejores películas de amor de la historia. Si no quiere que eso pase, no siga leyendo.

En cierta ocasión, y tras una vena intelectual de esas que tengo, fui al cine, a ver una “historia de amor”, con unos amigos míos. La película se titulaba “Nelly y el Sr. Arnaud” (1995) y recuerdo que salí tan indignado del cine, que, me puse a decir en voz alta, justo al lado de la gente que estaba esperando para entrar a ver la película:
- Es una pena que muera el Sr. Arnaud.

La película en cuestión, francesa, trata de la relación que hay entre un escritor y una escribiente que contrata para que le ayude. Yo no vi amor en esa relación, y no me refiero a que la pusiera “mirando a Cuenca”, no soy tan poco romántico, pero creo que considerar a esa relación amor…

La mejor película de amor, de toda la historia, es, sin ningún lugar a dudas, “Casablanca” (1942). No se si protagonizada por Ronald Reagan hubiese sido de otra forma, pero para mi en particular, y para el público masculino en general, es una obra maestra. No eres un hombre de verdad si no has llorado con la escena de La Marsellesa de Casablanca.

A parte del consabido “Siempre nos quedará Paris”, se puede decir, y digo, que la conclusión final de la película, que Rick (Humphrey Bogart) le transmite a Victor Laszlo (Paul Henreid), es la siguiente:
- Ilsa (Ingrid Bergman) conmigo fue mi amante, contigo que sea tu ama de casa.

Preguntado por ello, para el género femenino, la mejor película de amor suele ser “Lo que el viento se llevó” (1939) en la que, curiosamente, se narra una historia de amor, de época, bastante machista, que termina con la famosa frase:
- Francamente, querida, me importa un bledo.

Esta máxima, pronunciada por Rhett Butler (Clark Gable) según cuenta la leyenda, le costó 5.000 dólares de multa a la productora. “Bledo” estaba en la lista de palabras prohibidas por aquel entonces.

Una película que suele gustar tanto a hombres como a mujeres es “Memorias de África” (1985):
- Yo tenía una granja en África…
No, bonita, no. Tú tenías una granja a tomar por el culo. Una historia de amor, libertad, y compromiso, en un África sin mosquitos y sin sequías. Amor fuera del matrimonio, y si me apuran, fuera de la civilización.

Para amores fuera del matrimonio, “Los puentes de Madison” (1995) también sirve como un muy buen ejemplo. Una historia de amor, maduro, con bonitos paisajes, urbanos, y con la elección final, casi épica, (la vida es una continua elección) entre amor y matrimonio.

Aunque para amor épico, pero épico de verdad, la mejor película es “Lady Halcón” (1985), donde se conjuga un amor imposible (la noche y el día, la luna y el sol) entre una joven Isabeau d'Anjou (Michelle Pfeiffer) y un espectacular capitán Etienne Navarre (Rutger Hauer). Si, ese de “He visto cosas que vosotros no creeríais...”.

También sigue esa línea épica “La princesa prometida” (1987) contada como un cuento, donde la búsqueda del amor verdadero y medieval se traduce en una comedia romántica con tintes de aventura.

Mezclando la realidad y la ficción, amor con aires de comedia, se sitúa “Don Juan de Marco” (1995). La historia del burlón de Sevilla, viviendo en Brooklyn, y tratado por un psiquiatra al que termina contagiando su romanticismo:
- En la vida sólo hay cuatro cuestiones importantes: que es sagrado, de que está hecho el espíritu, para que vale la pena vivir y para que vale la pena morir; sólo existe una respuesta: el amor.
Frase propicia para memorizar y poder embaucar así a cualquier iletrada.

Justo en el lado contrario, en la historia de amor con aire dramático, está “Leyendas de Pasión” (1994). Una película para lucimiento de un Brat Pitt al que hacen sufrir lo indecible y de mil formas. Sirva como ejemplo su amada, que le había prometido esperarle siempre, y se lo deja bastante claro con la frase:
- Siempre resultó ser demasiado tiempo.

El amor imposible, como drama, lo borda “Drácula” (1992). Un amor verdadero, interrumpido por la guerra, un suicido, la religión como precio y como castigo, y el corazón de un hombre, que un día fue rojo por una princesa, y que, se volvió negro al cruzar su particular infierno. “He cruzado océanos de tiempo para encontrarte” es quizás unas de las frases más bonitas que ha dado el cine, que se complementa perfectamente con “El hombre más afortunado que pisa esta tierra es aquél que encuentra el amor verdadero”.

Otras veces, se utiliza la historia de amor, como hilo conductor de otra historia, aunque suele estar tan entrelazado, que no se sabe muy bien qué historia conduce a la otra. En esta línea, se encuentra por ejemplo “Juego de Lágrimas” (1992), ambientada en la guerra del Ira, podría decirse que el secuestrador tiene un peculiar “Síndrome de Estocolmo” con el secuestrado, y con la novia de éste: “No es tu tipo”. No importa el sexo cuando el amor es puro y verdadero.

Basada en un hecho real, “Titanic” (1997) sitúa una historia de amor, de cuatro días, y 240 millones de dólares que costó la película, en el hundimiento del barco de marras. El mensaje final ese de “yo me muero, pero tú vive todo lo que puedas” de un Leonardo di Caprio que parece el hijo de Kate Winslet queda, cuando menos, poco creíble.

Si hablamos del amor como rescate, “Desayuno con Diamantes” (1961) es un buen ejemplo. Y cuenta la relación de dos personas, que pese a estar bastante acompañadas, están bastante solas, y que descubren la necesidad de estar juntas. La película es bonita en el más amplio y heterosexual sentido de la palabra.

Siguiendo en la linea de amor como rescate está “Pretty Woman” (1990), que cuenta la historia de una mujer (de moral relajada) con precio que le cambia la vida a un hombre que no lo tiene (compra y vende empresas para al final no quedarse con ninguna).

Aunque, para amores con rescates, el de “Oficial y Caballero” (1982). Yo, si fuese mujer, y trabajase en una fábrica, me gustaría que me rescatase un Infante de Marina con su traje de gala. El punto de partida de esta película está meridianamente claro: “El hombre usa el amor para tener sexo y la mujer usa el sexo para tener amor”.